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La integración es la naturaleza de las lenguas originarias: Andrés Hasler Hangert

Por Eduardo Vázquez Reyes

Xalapa, Veracruz. 17 de septiembre de 2018 (Agencia Informativa Conacyt).- La naturaleza de una lengua originaria es integrarse a la sociedad ante los procesos históricos y culturales de la época, según la investigación de Andrés Hasler Hangert, catedrático del Centro de Investigaciones y Estudios Superiores en Antropología Social (CIESAS) y de la Facultad de Antropología de la Universidad Veracruzana (UV).

Por esta razón, para el académico la integración debe ser el objetivo central al hablar de las lenguas originarias y no el discurso sobre la preservación. Este último concepto significa —de acuerdo con el lingüista—, marginar una lengua originaria del mosaico cultural contemporáneo. Sostiene que este enfoque implica considerar la lengua como algo congelado y disecado; pasivo y determinado por la voluntad de un sujeto activo, es decir, por las instituciones gubernamentales o por los círculos intelectuales.

La idea de integración coloca a los hablantes de estas lenguas como agentes y no como objetos que dependen de la voluntad de las instituciones para ser parte de la sociedad. Para Hasler Hangert, este fenómeno es un proceso natural, pues todas las lenguas, según la historia, lo han tenido. Aseguró que es un hecho ineludible en las diferentes etapas de la civilización.

En entrevista para la Agencia Informativa Conacyt, el especialista en estudios del lenguaje comentó y desarrolló esta idea, además de hablar acerca de los avances en la lingüística, desde los principios del siglo XX y hasta la fecha. A continuación, la plática con el académico.

Agencia Informativa Conacyt (AIC): ¿Cuál es el estado actual de los avances en lingüística en general y cuál la situación de aquella que se realiza en el estado, específicamente en la Universidad Veracruzana y el CIESAS?

Andrés Hasler Hangert (AHH): Hay una gran tradición de los estudios lingüísticos, no solo en Veracruz, sino en todo el país. No tenemos en Veracruz una lingüística diferente o especial. Estamos interactuando con lo que pasa en otros lados a través de publicaciones, encuentros y otras consideraciones. A la vez, hay una diversificación de temas y subdisciplinas en la lingüística que también se refleja en el estado. En la Facultad de Letras de la UV se trata del área del lenguaje. En Antropología se trata la lingüística como parte de la cultura.

Y uno se pregunta: ¿será lo mismo seguir haciendo lingüística con semejante divergencia? Sí, sí lo es, porque la lingüística está dividida en muchísimas subdisciplinas aquí y en el resto del mundo. A veces traemos a especialistas de otras partes del país y del mundo para que vengan a dar alguna clase. No es bueno mantener a la UV aislada del resto del contexto. No estará representado aquí todo lo que se hace en lingüística, pero hay interacción con lo de fuera, lo refleja.

Tenemos dos facultades que trabajan lingüística, porque tenemos dos tradiciones. Allá en Letras influyó mucho la tradición europea del estructuralismo. Saussure aísla la lengua como un objeto de estudio autónomo. No quiere decir que fuera un ingenuo, que ignorara que la lengua es un hecho social, que tiene contexto, pero era la moda a principios de siglo XX, el positivismo, donde cada disciplina tiene su propio cajón.

En ese momento nace la lingüística como una disciplina con un objeto de estudio propio. Se va desarrollando durante las décadas. Después termina dialogando con otras corrientes que vienen de Estados Unidos. Viene la sociolingüística, ya no puedes aislar la lengua de tu contexto; tienes las influencias de la antropología, de la pragmática antropológica, la etnografía de la comunicación y la influencia de la pragmática filosófica. Ese constante enriquecimiento de temas es una cosa muy dinámica todo el tiempo.

Quiero poner el énfasis en el estructuralismo europeo, lo que hace que las facultades de literatura de todo el mundo se aboquen a esa forma de hacer lingüística, porque les interesa en qué medida la lingüística puede servir para el análisis estructural de la literatura. Estamos hablando, además, de lengua escrita. De hecho, antes de que se inaugurara esto que llamamos lingüística estructural, se hablaba de filología: el estudio histórico comparativo de las lenguas a través de las huellas que han dejado por escrito.

¿Qué pasa con antropología? Justamente lo contrario. Ahí lo que interesa es la lengua oral de los pueblos, por ejemplo de los pueblos indígenas. Por eso no solamente vamos a estudiar filología europea. Aquí nos interesan las lenguas indígenas, cómo podemos hacer la historia de las lenguas de América y Sudamérica, las aborígenes de Centroamérica, de Asia, etcétera. ¿Cómo le hacemos si no han dejado una tradición escrita? Hay que cambiar la metodología. Se crea una metodología que podemos llamar de investigación de campo, antropológica. Otra cosa importante, no se aísla la lengua como un objeto de estudio autónomo, sino que es parte de la cultura.

Boas —también por aquellos años de Saussure— afirma que la lingüística es parte de la antropología, porque la lengua es parte de la cultura, y si quiero yo conocer una cultura diferente, debo hacerlo a través de su lengua. Así, es indisociable la lengua de la cultura, de la sociedad y de la antropología. Dice Boas que la antropología es, a su vez, una ciencia histórica. Si tú te das cuenta, no se llama museo de arqueología, se llama museo de antropología e historia, porque la arqueología como parte de la antropología es también una ciencia histórica.

Boas estuvo trabajando en México en la época del porfiriato. Tuvo una gran influencia en los ambientes intelectuales de la época. Y claro, al momento de crear las instituciones, la lingüística quedó como parte de los estudios antropológicos. Pero ahora ya no es como antes. Ahora estamos en la época de la interdisciplinariedad. Las distintas disciplinas de la lingüística interactúan entre sí, con otras ciencias y ven dónde termina una cosa y dónde termina otra. Y hoy en día podemos hablar de psicolingüística, sociolingüística, lingüística descriptiva, semiótica y párale de contar.

AIC: En los estudios de las lenguas originarias, ¿cuál es la diferencia entre preservación e integración? Más aún, ¿cuáles serían las implicaciones entre uno y otro concepto?

AHH: Claro que hay implicaciones y muy fuertes. Primero preservación. Las cosas se preservan en hielo, las estás congelando, preservas especímenes para un museo, para un zoológico. A veces, si ya no están vivos, pones un animal disecado que ya se extinguió. Hay tantas maneras de preservar, pero en realidad implica no reconocer que es un fenómeno vivo. La integración, por su parte, es lo contrario de la marginación. Nos integramos todos. Ahora tengo que ser inclusivo, porque yo también soy un ser humano, hablo alguna lengua, formo parte de alguna cultura. Todos nos estamos integrando al desarrollo. Hay procesos históricos  que ya afectan a todo el planeta y a toda la humanidad. Y eso, vamos a llamarlo entre comillas, natural. Lo antinatural sería aislarnos, separarnos del resto.

Ahora vamos a preguntar a los que hablan una lengua indígena: ¿quieren ser preservados o integrarse? Ser preservados es de activo a pasivo. El sujeto es el preservador y el objeto el preservado, el congelado, el guardado, el disecado. Integrarse es reflexivo. Yo sujeto me integro a la marcha del resto, me integro a la comunidad, a la nación, al mundo, me integro a la humanidad. Eso está sucediendo en Tailandia, en Sudamérica y aquí. Estas son las implicaciones del concepto de integración: lo contrario de marginación.

Los mecanismos de la integración tienen que ser tanto sociales como institucionales y por supuesto culturales. No se debe pensar en el esquema sujeto-objeto. No es que sea el estado el que integre o las instituciones. Eso se parece más a preservación que a integración. Al revés, las instituciones otorgan el reconocimiento al valor cultural de esas lenguas, a sus culturas y lo integran al proyecto nacional para que no quede fuera. Y entonces los sujetos dicen: “Se ha abierto un espacio, participemos en él”.

Nos podemos dar cuenta que es real. Hay aquí en Xalapa un festival huasteco, donde las personas de la región Huasteca presentan al resto de la ciudad sus valores culturales. Bueno, todavía estamos lejos de fortalecer esos mecanismos como para que la lengua tenga la misma presencia que los tamales de la Huasteca. No es que esté mal la presencia de las comunidades en la comida, en los vestuarios, en la música. Pero todavía le falta la parte lingüística, esta no está suficientemente presente, no está suficientemente integrada. Pero va para allá.

AIC: ¿Qué opinión le merece la tesis de algunos humanistas según la cual existe un riesgo de la pérdida de identidad de las culturas originarias si se ven inmersas en la sociedad contemporánea?

AHH: ¡Qué horror! La integración no significa que se aniquila la cultura. Lo vemos en toda la historia de la humanidad. Ya vimos cómo se integró todo el bagaje cultural de los distintos pueblos europeos. Tenemos también la integración del bagaje cultural de Mesopotamia, Egipto, Persia, Grecia, Babilonia, Israel en el bagaje cultural de Europa. Todo es integración. Siempre lo ha sido. Es parte de la vida, del fluir. Los elementos se reconfiguran constantemente. Y como humanidad nos enriquecemos. No es válido decir que la tradición del judaísmo al integrarse en las religiones de Occidente desaparece. ¿Y quién fue Moisés? Desapareció. ¡Cómo va a desaparecer! Al contrario. Se integró en la construcción del cristianismo, se integró en la tradición occidental. Por eso no hablamos de cristianismo a secas, hablamos de judeocristianismo.

¿Qué tanto tenemos de cultura griega hasta la fecha? Lo tenemos, no todo está etiquetado, pero lo tenemos. ¿Qué tanto tenemos de cultura árabe? 800 años de presencia árabe en España tuvo que haber dejado huella. No lo tenemos todo etiquetado, pero de que vive, vive.

En el español de México, estas palabras vienen del árabe: almohada, alfombra, alberca, alambre, alcohol. Se integraron en nuestra lengua. Si no tuviéramos esa riqueza lingüística, seríamos otros. Ahora bien, cuando llega esa tradición española con esos elementos árabes, se integran también aspectos náhuatl. Tenemos lingüísticamente tomate, mecate, chocolate, coyote, tecolote. Ahora imagínate que se rechacen los elementos que vinieron de otra cultura. “Ya no digamos alacrán, que es árabe, di escorpión, porque eso es lo nuestro como latinos”. Eso es antinatural, artificial, represivo. Déjalos que digan así, no hay que ser puristas. Las cosas se integran de manera fluida y natural.

AIC: ¿Qué pasa, entonces, con aquellas políticas públicas y algunas iniciativas institucionales universitarias que en su discurso enfatizan la preservación de las culturas y lenguas originarias?

AHH: Creo que son bien intencionadas, pero mal informadas. Con el tiempo, las cosas se corrigen, se mejoran los discursos. Entonces no lo veo grave. Es parte del fluir de la vida ir haciendo esas correcciones. Yo tengo la esperanza de que el concepto de preservación se afine lo suficiente para que no implique congelar algo. Para que no implique aislarlo. No estamos buscando eso.

No vamos a reconstruir una sociedad dual en la que no hay indios y sí hay indios. No es la intención. Por eso digo que no es de mala fe, estos discursos no están orientados hacia eso; sin embargo, no tienen claro que no están orientados hacia eso. El uso del lenguaje, entonces, se presta para ambigüedades y malentendidos. Bueno, no me preocupa porque no está afinada la palabra. Es simplemente cuestión terminológica.

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